Vientos de caos

Edward se dirigió a la salida impresa de su ordenador, dispuesto a retomar la faena donde la había dejado antes de irse a buscar un café. Los ordenadores eran cada vez más rápidos y su flamante LGP-30 capaz de realizar 400 sumas por segundo. Habían lanzado el programa a las tres de la madrugada y apenas seis horas después ya tenía los primeros resultados. Era un sistema sencillo. Había conseguido reducir un sistema atmosférico a tres variables: una para el flujo convectivo y dos para la temperatura. Pero no quería esperar hasta la noche para terminar la simulación, así que introdujo en el ordenador unos valores intermedios que había impreso antes y volvió a ejecutar el programa para ahorrarse unas cuantas horas de cálculo.

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Las programadoras del ENIAC

Una computadora no es más que un montón de chatarra sin los programas que hacen de ella una máquina con posibilidades infinitas. Qué te voy a contar, si llevas en el bolsillo un dispositivo más potente que el que envió al Apolo XI a la Luna.

Recuerdo la primera vez que encendí un PC. Fue en la sala de ordenadores de la universidad: la pecera (obvio). Te sientas, pulsas el boton para encenderlo…

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El infinito se esconde en los impares

«Ven, Zar, ven aquí ¿qué es eso? ¿qué has encontrado»

Zar escarbó en la arena húmeda y comenzó a desenterrar lo que parecía un frasco. El cristal estaba rayado, deslucido, casi opaco, como de hace mil años.

Mira mamá lo que ha encontrado Zar

— Te he dicho que no cojas porquerías de la playa
— Pero esto no es una porquería, ¡hemos encontrado un tesoro!
— Anda, trae aquí—suspiró con resignación—parece una botella, y tiene algo dentro. Llévala a casa y la abrimos allí con cuidado. Pero no te hagas ilusiones.

La mesa de la cocina era el sitio ideal después de entrar en calor. Tras forcejear con un cuchillo, el tapón se desprendió y un rollo de papel amarillento se deslizó perezosamente por la boca de la botella, cayendo sobre el tepete.

— ¡Ábrelo, mami! ¿qué es? ¿el mapa de un tesoro? ¿un mensaje secreto?
— Uy, ¿a ver?, parece una carta. Acércame la lámpara, a ver si puedo leer lo que dice. Creo que esta en alemán.


A cualquiera que reciba este mensaje.

Mi nombre es Giovanni y no me queda mucho de vida. No sé que afrenta puede merecer un castigo como el mio, tan solo por una apuesta perdida con la persona equivocada.

En esta ciudad todo el mundo juega a los puentes. Es un entretenimiento más y no hay nadie que no lo haya intentado al menos una vez. No hay borracho que no afirme haber encontrado el camino. O forastero, como yo, que no se aventure a perder su bolsa apostando porque es posible resolver el problema.

Y es que parece tan fácil: una isla conectada por siete puentes a otras tres partes de tierra, y la misión consiste en hacer un recorrido por los siete puentes cruzando cada uno de ellos exactamente una vez.

Puedes empezar donde quieras y acabar en el sitio que prefieras, una concesión inútil ¡cómo se reían de mi! Ya casi he perdido la cuenta de los intentos que llevo. Seguro que incluso los estoy repitiendo. Pero mis piernas cada vez pesan más y mi cerebro está fatigado. La ciudad cambia a mi alrededor mientras yo sigo aquí, en esta isla. Norte, Sur, Este… no importa por donde salgas. No importa por donde entres.

Puedes hacer esquemas, mapas, recorrerlo, lo que prefieras. Al final es un proceso de ensayo y error, empírico. He medido los puentes, he calculado los ángulos, he estudiado (sin dejar de caminar, por cierto) los descubrimientos más recientes en el cálculo y el algebra. Nada de eso me ha servido. Ninguna ciencia, ninguna cábala, explica porqué sigo aquí, buscando.

El otro día oí un rumor de que un hombre ha encontrado una justificación. Voy a hablar con él, solo espero vivir lo suficiente. Por lo visto tiene que ver con que en cada pedazo de tierra hay un número impar de puentes: cinco en la isla, tres en el resto ¿será cierto? ¿acaso la solución es derribar un puente o construir uno nuevo? Solo si supuera dónde, o que es cierto…

Pero no quiero hacerme ilusiones. Arrojaré esta carta al Pregolya para que el río tenga piedad de mi y me saque de esta maldita isla cuando todo esto haya acabado.

Giovanni M.

Konisberg, Diciembre de 1735


De los siete puentes de Konisberg, hoy solo quedan cinco en pie. Esta modificación hizo que dos de los nodos de la red con la que Euler modeló este problema quedaran con un grado par, de forma que ya se puede recorrer todos los puentes cruzando una sola vez cada uno.

Cuando se remodeló el Puente Alto, los obreros observaron un enorme pez de 200 kilos que iba al puente una y otra vez. Quizá se trate de Giovanni tratando de resolver el enigma y liberarse de su condena.


Esta entrada forma parte de #Polivulgadores de Café Hypatia en su edición de enero de 2022. La imagen es el esquema de los puentes de Konisberg con la que Leonhard Euler establece los fundamentos de la teoría de grafos [1].


[1] Euler, Leonhard (1736). Solutio problematis ad geometriam situs pertinentis. Comment. Acad. Sci. U. Petrop 8, 128–40. Disponible en https://archive.org/details/commentariiacade08impe/page/128/mode/2up

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