Alquimia secreta

¿De qué sirve viajar al pasado con todos los conocimientos del siglo XXI? Ya os lo cuento yo: de nada. Cualquier desplazamiento temporal de cinco o diez años solo genera frustración por el estado de la tecnología, que ya hemos asumido como normal. Retroceder, digamos unos 50 años, nos lleva a épocas incómodas, con un desarrollo similar pero tremendamente más incómodo. Movernos dentro del siglo hace que nos demos cuenta de los avances de nuestra sociedad en cuestiones de igualdad, distribución de la riqueza y sanidad principalmente (aunque no os lo parezca). Pero ¡ay, los viajes a épocas de verdad antiguas!

No tienes las habilidades más básicas para manejarte en la sociedad, sabes miles de cosas absurdas que no sirven para nada, las pocas cosas que podrían ser útiles, no sabes realmente cómo funcionan por dentro y no eres capaz de replicarlas. Y si le añades que casi el 90% necesitan cosas como “electricidad” o “gasolina”, te puedes hacer una idea.

Y sobre todo, anota y recuerda esto, es muy importante: no lleves nada que funcione con pilas si no quieres acabar como yo, quemado en una hoguera… Luego no digas que no te lo advertí.

Los viajes de un gato

De la misma forma que los mineros llevaban un canario a las minas, o que en los viñedos se planta un rosal en el cabecero de una línea, los cruceros espaciales llevamos un gato.

Todo empezó como casi todas las cosas: por casualidad. En un vuelo se coló un polizón peludo. La tripulación no tuvo valor para lanzarlo por una escotilla, y eso les salvó. Cuando se acercaban al agujero de gusano para dar el salto, el gato empezó a bufar, se puso como loco y escapó por los conductos de ventilación. Tuvieron que posponerlo hasta localizarlo, por si se había ocultado en algún sitio que generara problemas. Ese retraso fue suficiente para que la computadora central abortara el salto minutos después al detectar la inestabilidad del agujero. Ocurre algunas veces: hay agujeros que, por alguna razón, no son estables y resulta arriesgado saltar a través de ellos. Pero muchas veces lo detectamos cuando ya es demasiado tarde.

Así que, mientras encontramos una solución, hemos incorporado un nuevo miembro a la tripulación. Por cierto, que Lucky ya es el tripulante que más saltos ha realizado de toda la flota.

La posada de los finales tristes

En ese lugar siempre es de noche, porque es cuando se va el sol cuando ocurren las cosas tristes. También porque nos cuesta reconocer cuando algo ha salido mal, cuando nos sentimos engañados, cuando la vida nos ha gastado una jugarreta, más bien grande que pequeña. Y la noche es un buen sitio para mantener todo esto oculto. Así, podemos fingir que no ha pasado nada y seguir adelante, un poco al menos. Aunque al final siempre acabamos volviendo, para llevar un final nuevo o para visitar aquellos que dejamos hace tiempo.

La posada de los finales tristes es un lugar atípico. Allí sus huéspedes no están de paso, si no que tienen una habitación permanente. Todos los finales tienen un sitio reservado. Incluso los felices ¡son tan pocos! apenas afectan al espacio disponible. Y aunque solo sea por estadística, es más fácil que ese final que se acerca no lleve perdices.

El posadero es un ser excepcional. Sabe perfectamente dónde vive cada final. Todos y cada uno de ellos. Los conoce, los clasifica, los reubica, les da conversación. Es complicado, porque la posada está permanentemente en obras, ampliando el número de habitaciones. Y es que somos tantos y los finales alegres son tan pocos…

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