Chica de alambre

Necesitaba piezas de recambio y algunas herramientas, así que bajó a la ferretería. Como siempre, o como casi siempre, cuando tintineó la puerta y entró todos los rostros, masculinos, se giraron al verla entrar.

Es cierto que llamaba la atención. Quizá por su delgadez, para algunos extrema, quizá porque la poca ropa que llevaba apenas conseguía cubrir sus escasas pero bien diseñadas curvas. Pero, qué demonios, era verano, hacía calor, y ellos iban también en bañador y chanclas ¿no? Además, nunca le había importado que la mirasen. A todas partes a la que iba despertaba un sentimiento entre curiosidad, sorpresa, envidia y deseo. A veces todo a la vez. Y su aparición hacía que todas la miradas s dirigieran a ella, aunque fuera de reojo, aunque fuera solo un momento fugaz.

Cuando volvió a casa, sacó la caja de herramientas, las dispuso ordenadamente sobre el banco de trabajo (siempre ha tenido una obsesión por el orden), se desenroscó la pierna derecha y se dispuso a reparar la bomba neumática que le provocaba una ligera cojera cuando subía las escaleras.

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