El hilo de oro

Cuando descubrieron cómo usarlo lo llamaron golden thread por su valor… incalculable. La física cuántica nos había dado un mecanismo para comunicarnos a distancia de manera instantánea. O eso creían algunas personas. Pero lo cierto es que las leyes del universo son caprichosas y siempre encuentran alguna manera de recordarnos que están ahí y no podemos saltárnoslas a nuestro antojo.

Sabíamos entrelazar dos partículas, y podemos enviarlas a años luz una de otra, de forma que cuando midamos una de ellas y forcemos a que salga de su estado de superposición, la otra también lo hará. Unos y ceros, izquierda y derecha, da igual. El problema es que no podemos observar de cualquier manera: alguien nos tiene que indicar cómo hay que “abrir la caja” para observar a la compañera. Y es justo ahí donde el universo se ríe de nosotros, porque esas instrucciones están sujetas de nuevo a sus leyes: a la velocidad de la luz, a los límites físicos del mundo que conocemos.

Hasta ahora. El universo nos había ocultado hábilmente que él juega con dimensiones extra. Cuerdas, las han llamado también, enrolladas en una escala infinitesimal de forma que no las podemos ver, pero están ahí. Y hemos aprendido a usar una de esas cuerdas, nuestro hilo de oro, para mandar información de cómo abrir la caja. Es igual que hacer una culebrilla en una comba. Se propaga y puedes usarla para enviar un mensaje. Bastaba con encontrar sus extremos y hacerla vibrar. Y eso es lo que hemos hecho: jugar a la comba con el universo.

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