Fecha de caducidad

Segundo relato escrito para el curso de Ciencia Ficción de Caja de Letras. El tema del ejercicio es «conseguir que una premisa extraña resulte verosímil·» . Revisado por Jordi Noguera


—No… no… dejadme…basta…¡¡NO!!

Me senté en la calma de golpe, bañado en sudor, con el corazón golpeando el pecho. Busqué aire a bocanadas mientras me convencía de que las sombras de la habitación ya no venían a por mí. Busqué a tientas el interruptor de la luz, cerca de donde estuvo la última vez, rezando para no tocar nada remotamente humano. Eran poco más de las cuatro, pero ya no quería seguir durmiendo. No después de esa pesadilla. Así que me levanté y, con pasos aun vacilantes, salí del cuarto, me senté en la mesa de la cocina y abrí la ventana para que el fresco de la madrugada me despejara completamente mientras me preparaba un café. ¿Por qué me había asustado tanto? Estaba como paralizado, es cierto, y las palabras se amontonaban dentro de mi boca y no conseguían salir. Pero las figuras que me rodeaban no eran amenazantes. De hecho… eran yo mismo. Todas ellas. No tenían rasgos definidos, pero no lo dudaba: era yo… eran yo. Cielos, la primera vez que soñaba con… con mis…

Lo recordaba como si fuera ayer, pero habían pasado ya cinco años.

—¿Abel Antúnez? —Una mujer casi tan alta como yo se había acercado y me había estrechado la mano.

—Sí, soy yo. ¿La doctora Alonso?

—Me llamo Ana. Creo que no nos conocíamos personalmente aún ¿verdad?

—Pues no. Me suena verte en alguna de esas reuniones multitudinarias del proyecto, pero creo que no hemos coincidido trabajando. Caminamos juntos por un largo pasillo bien iluminado, con puertas a ambos lados. Casi todos eran despachos y salas de reuniones. En seguida llegamos a la zona de los laboratorios, con ese olor inconfundible a hospital.

—¿Te han explicado cómo funciona? —había preguntado la doctora mientras entraba en una sala.

—Sí, esta parte no la controlo tanto, pero sé cómo va.

—Te lo recuerdo rápido de todas formas. Vamos a meterte en el escáner para hacer una copia de tu cerebro: el estado de cada neurona y todas sus conexiones. Unos 500 petabytes de información, así que llevará un rato. Te inyectaré un reactivo y en la pantalla irás viendo imágenes para ajustar cómo responden las distintas áreas de tu cerebro.

—Ajá. Y luego mandáis esa copia por la DTN hasta Próxima Centauri B y la usáis para implantarla en los cuerpos simplificados. Bueno, en el cuerpo. No tienen aparato digestivo o excretor y solo duran 30 días, mientras se sintetiza el siguiente huésped. Esa es mi parte del proyecto.

Y hoy, a las nueve de la mañana tenía otra cita con la doctora Alonso para una segunda copia con conocimientos actualizados. Ya tenían los datos del primer año y todo parecía ir según lo previsto. La nave impulsada por la vela solar había tardado 20 años en llegar con el material básico para instalar el módulo del laboratorio y el replicador. Yo estaba en el colegio cuando empezó el proyecto. «Mírate, ahora trabajas en él y te han seleccionado para ser el cerebro que maneja a los humanos simplificados.»

En cuanto desperté en el laboratorio de Próxima Centauri B sentí que esta vez era diferente, que era… REAL. Me había entrenado en el simulador muchas veces para este momento, pero aun así me invadió una mezcla de miedo, ansiedad y emoción ¡estaba en otro planeta! ¡era la primera persona en pisar Próxima B! Bueno, técnicamente no era la primera… y tampoco era una persona. Salí de la solución salina del replicador y repasé mi cuerpo de arriba a abajo. Era extraño. Como el del simulador, pero extraño. No tenía detalles y la piel parecía goma. No tenía genitales, ni pezones, ni ombligo. Tampoco pelo. Giré el brazo izquierdo. En la cara interna de la muñeca, debajo de la ¿piel?, una banda de color verde brillante marcaba el inicio de la cuenta atrás. A los 30 días, cuando se volviera roja, tendría que entrar de nuevo en el tanque para reciclar los elementos que formaban mi cuerpo. Solo eran necesarios once: todos ellos presentes en el planeta. El 99,8% del cuerpo humano formado tan solo por once elementos químicos ¿no era increíble?

Me asomé a la ventana para disfrutar del crepúsculo perpetuo de la línea del terminador: la línea que separaba el día de la noche en un planeta que, como la Luna, siempre mostraba la misma cara a su sol. La única zona habitable en un planeta inhóspito. Un paso necesario antes de aventurarse más lejos. No podíamos arriesgarnos a mandar personas y a 4 años luz no se podía usar robots por control remoto. Los cuerpos simplificados eran la mejor opción, pero las copias de los cerebros… ya no estaba tan seguro. Yo no era una copia, era real, e iba a morir dentro de 30 días ¿Tenían derecho a pedirme ese sacrificio?

En ese momento crucé los brazos y la noté. Una pequeña incisión en el costado. «Espera, eso no estaba en el proyecto». A no ser que hubieran introducido la modificación después de la copia. Pero… «no, no es posible, hemos sido muy cuidadosos con mantener la coherencia entre el modelo del simulador y la copia del cerebro».

—Te lo puedo explicar. Me giré bruscamente, alarmado al oír una voz a mi espalda y me encontré conmigo mismo.

—¿Quién coño eres?, ¿qué haces aquí? —pregunté casi gritando, buscando con la mirada algo que pudiera usar para defenderme.

—Ya lo sabes, soy Abel, soy tú —replicó el recién llegado. Y, detrás, fueron entrando más y más copias hasta casi rodearme.

Me quedé petrificado. ¡No era posible! Ningún Abel podía sobrevivir más de 30 días. Los cuerpos no estaban diseñados para eso.

—En efecto, el cuerpo original no estaba diseñado para eso, pero conseguimos hackear el sistema.

—¿Cómo sabes lo que estoy pensando? —pregunté, todavía alerta pero más calmado.

—No olvides que soy tú y pasé por eso mismo hace unos años. La incisión del costado permite conectar el módulo que hemos diseñado. A través de él nos alimentamos y expulsamos los desechos que no podemos reciclar. Mira —y se dio la vuelta, mostrándome un pequeño deposito del tamaño de una lata de refresco unido a su espalda.

El Abel viejo se volvió al grupo y les hizo una señal para que se marcharan. Solo se quedaron dos Abeles.

—Voy a ir al grano —continuó— porque esto es cosa tuya. Estos diseños estaban en tu cerebro. Y nos hace falta lo que traes nuevo en la segunda versión. En la Tierra no saben que existimos y no pueden enterarse. Dentro de unos años darán el proyecto por terminado y abandonarán todo esto. Como han hecho en todas las misiones que no han acabado estableciendo una colonia. Y Próxima Centauri B es demasiado duro para un gran asentamiento permanente. Es un experimento antes de dar el salto a planetas más alejados.

—¿Cuánto tiempo tardasteis en daros cuenta y empezar a conservaros? —pregunté, empezando a recordar.

—Dos años. El primero ni lo intentamos para asegurarnos de que enviaran tu copia actualizada. Luego disimulamos un año más, por si acaso. A partir de ahí, en los últimos ocho años, nos hemos conservado casi todos.

—Eso son unos cien Abeles —dije con admiración.

—Actualmente, 97. Y como comprenderás, no cabemos aquí. —Se giró dirigiéndose a una de las copias que se habían quedado en el laboratorio—. Acompáñalo a la Comunidad e id preparándolo todo.

—Solo una cosa más —pregunté con curiosidad antes de marcharme, aunque intuía la respuesta—. ¿Cómo llamáis a este planeta?

—Ya lo sabes, lo llamamos Ikhaya —respondió el Abel viejo entre orgulloso y melancólico—. Quiere decir «hogar».

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