Fuente perdida

−Hola, disculpa que te pregunte, ¿no habrás visto por casualidad…? Claro, perdona, no pasa nada.

−Oiga señor, estoy buscando… sí, sí, eso mismo. Ah, vale, gracias, disculpe

−¿Lleváis mucho tiempo aquí, chicos? Ya… es que pasé esta mañana y creo que quizá… no sé si por aquí… ¡ah! Gracias de todas formas

−Buenas tardes. No sé si alguien se ha encontrado una cosa en la calle. A lo mejor se la ha dejado a usted, Ah, que ha entrado a trabajar hace un rato. ¿Que puedo mirar en esa caja? No creo, pero… No, me lo imaginaba. No está. Gracias.

No hay nada que hacer, creo que definitivamente la he perdido. Estoy segura de que la tenía por la mañana cuando me he levantado. Pero cuando he ido a usarla esta tarde ya no estaba. He mirado por todos lados, he deshecho mis pasos de la mañana en vano. ¿Qué voy a hacer ahora? Sin ella no soy nada. He perdido la fuente de mi inspiración.

El hilo de oro

Cuando descubrieron cómo usarlo lo llamaron golden thread por su valor… incalculable. La física cuántica nos había dado un mecanismo para comunicarnos a distancia de manera instantánea. O eso creían algunas personas. Pero lo cierto es que las leyes del universo son caprichosas y siempre encuentran alguna manera de recordarnos que están ahí y no podemos saltárnoslas a nuestro antojo.

Sabíamos entrelazar dos partículas, y podemos enviarlas a años luz una de otra, de forma que cuando midamos una de ellas y forcemos a que salga de su estado de superposición, la otra también lo hará. Unos y ceros, izquierda y derecha, da igual. El problema es que no podemos observar de cualquier manera: alguien nos tiene que indicar cómo hay que “abrir la caja” para observar a la compañera. Y es justo ahí donde el universo se ríe de nosotros, porque esas instrucciones están sujetas de nuevo a sus leyes: a la velocidad de la luz, a los límites físicos del mundo que conocemos.

Hasta ahora. El universo nos había ocultado hábilmente que él juega con dimensiones extra. Cuerdas, las han llamado también, enrolladas en una escala infinitesimal de forma que no las podemos ver, pero están ahí. Y hemos aprendido a usar una de esas cuerdas, nuestro hilo de oro, para mandar información de cómo abrir la caja. Es igual que hacer una culebrilla en una comba. Se propaga y puedes usarla para enviar un mensaje. Bastaba con encontrar sus extremos y hacerla vibrar. Y eso es lo que hemos hecho: jugar a la comba con el universo.

Un último vuelo

Mañana seré mayor de edad. Es un día importante, marca el paso a la edad adulta, a ser miembro de pleno derecho en el pueblo. Dentro de unos meses me asignarán nuevas responsabilidades dependiendo de mis facultades. Nadie sabe todavía cuáles serán, porque dependen de mi evolución estos meses. Mi cuerpo va sufrir cambios importantes, cambios físicos, que van a determinar cómo me desenvolveré en nuestra colonia.

Hay personas que apenas soportan la luz del día. Se despiertan con el ocaso o directamente hacen toda su vida bajo tierra, en los túneles que taladran las colinas al sur. Son muy bajitos y tienen ojos como los gatos. Solo espero que no me salgan agallas, porque no me gustaría vivir dentro del pantano. Han construido una ciudad impresionante en el fondo, y no me faltaría la comida, pero hace frío. Claro, que con la sangre a 15 grados no me iba a enterar.

Bueno, no quiero preocuparme ahora. Mañana me encerraré en la crisálida, pero hoy voy a aprovechar mi último vuelo. Porque eso es seguro: perderé mis alas de niño y no podré volver a la ciudad de las nubes. ¡Ay!, si pudiera ser como vosotras.

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