Prohibida la música

Al final lo descubrieron. Aunque, la verdad, nunca pensé que funcionase. Siempre habían dicho que las matemáticas serían la base de la comunicación con civilizaciones extraterrestres y que a través de ella lograríamos entendernos. Claro, que para eso las dos partes tienen que querer comunicarse, y no fue el caso.

Cuando aparecieron todos los gobiernos intentaron hablar con ellos sin éxito. Una semana duró el ataque. Un mes el control de los pocos núcleos de rebeldía que quedaron. Ellos nos entendían, sabían lo que decíamos y siempre iban un paso por delante. Así que cambiamos nuestra estrategia. Igual que en la República Checa usaron el teatro de marionetas para mantener su idioma, o los esclavos negros usaban sus canciones para dar indicaciones a los fugitivos sobre las rutas seguras, ideamos un sistema para comunicarnos sin palabras, usando la música. Ocho notas en tres octavas: las letras de nuestro abecedario, fue sencillo.

Pero al final se han dado cuenta y han prohibido la música. Sorprendentemente, han tardado mucho, demasiado para sus costumbres. Pero no importa, encontraremos el modo. Por otra parte, casi se lo agradezco, porque las canciones de fuga tenían una armonía espantosa. Quizá la hayan prohibido por eso.

Alquimia secreta

¿De qué sirve viajar al pasado con todos los conocimientos del siglo XXI? Ya os lo cuento yo: de nada. Cualquier desplazamiento temporal de cinco o diez años solo genera frustración por el estado de la tecnología, que ya hemos asumido como normal. Retroceder, digamos unos 50 años, nos lleva a épocas incómodas, con un desarrollo similar pero tremendamente más incómodo. Movernos dentro del siglo hace que nos demos cuenta de los avances de nuestra sociedad en cuestiones de igualdad, distribución de la riqueza y sanidad principalmente (aunque no os lo parezca). Pero ¡ay, los viajes a épocas de verdad antiguas!

No tienes las habilidades más básicas para manejarte en la sociedad, sabes miles de cosas absurdas que no sirven para nada, las pocas cosas que podrían ser útiles, no sabes realmente cómo funcionan por dentro y no eres capaz de replicarlas. Y si le añades que casi el 90% necesitan cosas como “electricidad” o “gasolina”, te puedes hacer una idea.

Y sobre todo, anota y recuerda esto, es muy importante: no lleves nada que funcione con pilas si no quieres acabar como yo, quemado en una hoguera… Luego no digas que no te lo advertí.

Los viajes de un gato

De la misma forma que los mineros llevaban un canario a las minas, o que en los viñedos se planta un rosal en el cabecero de una línea, los cruceros espaciales llevamos un gato.

Todo empezó como casi todas las cosas: por casualidad. En un vuelo se coló un polizón peludo. La tripulación no tuvo valor para lanzarlo por una escotilla, y eso les salvó. Cuando se acercaban al agujero de gusano para dar el salto, el gato empezó a bufar, se puso como loco y escapó por los conductos de ventilación. Tuvieron que posponerlo hasta localizarlo, por si se había ocultado en algún sitio que generara problemas. Ese retraso fue suficiente para que la computadora central abortara el salto minutos después al detectar la inestabilidad del agujero. Ocurre algunas veces: hay agujeros que, por alguna razón, no son estables y resulta arriesgado saltar a través de ellos. Pero muchas veces lo detectamos cuando ya es demasiado tarde.

Así que, mientras encontramos una solución, hemos incorporado un nuevo miembro a la tripulación. Por cierto, que Lucky ya es el tripulante que más saltos ha realizado de toda la flota.

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