Sirena quejumbrosa

ARticulated Intelligence for Exploration in Lyquids (Ariel) tiene el cuerpo adaptado para recorrer los océano de Titán. Las condiciones extremas no lo hacen fácil: una temperatura de casi 180 ºC bajo cero y una densidad aproximadamente la mitad que el agua. Pero desde el primer momento todo fueron problemas.

Nada más activarla en su destino, sus primeras palabras fueron “Este sitio no me gusta”. No le dimos importancia, pensábamos que era una broma de quien la había programado. “Huele fatal” se quejó al acercarnos al mar de metano. La sumergimos en seguida en el muelle de la estación internacional, a lo que respondió sacando la cabeza con un “Brrrrr, qué fría”. Le dimos las órdenes para que ejecutara el programa de diagnóstico completo. Descendió hasta el fondo con dificultad a pesar de sus 150 kg de peso. “Está oscuro” Si hubiera tenido rasgos humanos, habría hecho un mohín.

Los parámetros estaban dentro de lo normal y dimos la prueba por finalizada. Abrimos la compuerta del canal para que volviera a su tanque en la estación. Funcionaba correctamente, el personal tendría que aprender a soportar a un robot quejica. Y nos dirigimos a la nave para continuar con las entregas.

Fuente perdida

−Hola, disculpa que te pregunte, ¿no habrás visto por casualidad…? Claro, perdona, no pasa nada.

−Oiga señor, estoy buscando… sí, sí, eso mismo. Ah, vale, gracias, disculpe

−¿Lleváis mucho tiempo aquí, chicos? Ya… es que pasé esta mañana y creo que quizá… no sé si por aquí… ¡ah! Gracias de todas formas

−Buenas tardes. No sé si alguien se ha encontrado una cosa en la calle. A lo mejor se la ha dejado a usted, Ah, que ha entrado a trabajar hace un rato. ¿Que puedo mirar en esa caja? No creo, pero… No, me lo imaginaba. No está. Gracias.

No hay nada que hacer, creo que definitivamente la he perdido. Estoy segura de que la tenía por la mañana cuando me he levantado. Pero cuando he ido a usarla esta tarde ya no estaba. He mirado por todos lados, he deshecho mis pasos de la mañana en vano. ¿Qué voy a hacer ahora? Sin ella no soy nada. He perdido la fuente de mi inspiración.

El hilo de oro

Cuando descubrieron cómo usarlo lo llamaron golden thread por su valor… incalculable. La física cuántica nos había dado un mecanismo para comunicarnos a distancia de manera instantánea. O eso creían algunas personas. Pero lo cierto es que las leyes del universo son caprichosas y siempre encuentran alguna manera de recordarnos que están ahí y no podemos saltárnoslas a nuestro antojo.

Sabíamos entrelazar dos partículas, y podemos enviarlas a años luz una de otra, de forma que cuando midamos una de ellas y forcemos a que salga de su estado de superposición, la otra también lo hará. Unos y ceros, izquierda y derecha, da igual. El problema es que no podemos observar de cualquier manera: alguien nos tiene que indicar cómo hay que “abrir la caja” para observar a la compañera. Y es justo ahí donde el universo se ríe de nosotros, porque esas instrucciones están sujetas de nuevo a sus leyes: a la velocidad de la luz, a los límites físicos del mundo que conocemos.

Hasta ahora. El universo nos había ocultado hábilmente que él juega con dimensiones extra. Cuerdas, las han llamado también, enrolladas en una escala infinitesimal de forma que no las podemos ver, pero están ahí. Y hemos aprendido a usar una de esas cuerdas, nuestro hilo de oro, para mandar información de cómo abrir la caja. Es igual que hacer una culebrilla en una comba. Se propaga y puedes usarla para enviar un mensaje. Bastaba con encontrar sus extremos y hacerla vibrar. Y eso es lo que hemos hecho: jugar a la comba con el universo.

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