Cuervo profeta

El forastero llegó a la ciudad. Necesitaba zapatos nuevos: iba siempre andando a todos los sitios y se le desgastaban con facilidad. No era exigente, simplemente tenían que ser resistentes y negros, como sus pantalones, como su camiseta, como su cazadora, como su sombrero.

Pero antes necesita comer algo. Entra en un bar, agradeciendo el frescor del local en un día tan caluroso. Echa una ojeada al menú y se sienta junto a la ventana.

—Hola, buenos días, ¿le pongo algo para beber?

—Si, por favor, una botella de agua grande, y para comer querré una ensalada de pasta. ¡Ah!, y yo desenchufaría el lavavajillas.

La chica le mira extrañada por un momento, apunta lo que había pedido

—No me diga que no lleva dinero y va a fregar usted los platos—le responde guiñando un ojo

El hombre sonríe y suspira cuando se da la vuelta; siempre es así. Apenas ha empezado a comer cuando ¡Tuffff! De golpe se va la luz del local.

—¿Qué ha pasado, cari?

—No sé… he puesto en marcha el lavavajillas y ha saltado

La chica se da la vuelta y lo mira, pero no dice nada.

Atardece. Los zapatos nuevos son cómodos. Apenas le quedan unos kilómetros para llegar al siguiente pueblo, todavía con luz. Nunca va en coche, en tren, en avión… desde aquel día, con sus padres. Siempre sabe cuando un aparato va a fallar, y no quiere estar otra vez dentro cuando eso ocurra.

Luna roja

A la lista de construcciones humanas visibles desde el espacio hay que añadir las colonias de la Luna. Las redes de cúpulas y tubos más grandes son visibles directamente, pero lo que verdaderamnente las delata, a todas, son las luces instaladas en las cúpulas: azules y verdes principalmente.

Pensábamos que las luces eran simplemente para marcar las posiciones de las cúpulas, para ayudar a las naves a orientarse. Hasta ese día. Al principio fue una luz roja “Mira, alguien ha usado un color distinto”. “Seguro que han sido los rusos o los chinos”, bromeaban otros. Pero luego apareció otra, y otra más, y se iban extendiendo como manchas de moho hasta que en apenas un mes toda la Luna estuvo teñida de rojo.

Alguien nos explicó que se había producido un fallo en cascada de los sistemas vitales. Cuando fallo la primera cúpula, las de alrededor trataron de compensarlo y transferir parte de sus recursos. Así es como estaban programados los módulos. Pero se sobrecargaron y fallaron también. Quizá se hubiera podido controlar si la red de cúpulas se hubiera organizado de otra manera, pero cuando el desastre alcanzó la cúpula principal, con sus decenas de conexiones, supimos que estaba todo perdido. Apenas pudieron rescatar al 10% de los colonos. Esperamos demasiado tiempo sin entender cómo se propagan estos fenómenos. Bueno, hubo quien sí lo entendía y trato de advertirnos, pero no hicimos caso, como tantas otras veces.

Sirena quejumbrosa

ARticulated Intelligence for Exploration in Lyquids (Ariel) tiene el cuerpo adaptado para recorrer los océano de Titán. Las condiciones extremas no lo hacen fácil: una temperatura de casi 180 ºC bajo cero y una densidad aproximadamente la mitad que el agua. Pero desde el primer momento todo fueron problemas.

Nada más activarla en su destino, sus primeras palabras fueron “Este sitio no me gusta”. No le dimos importancia, pensábamos que era una broma de quien la había programado. “Huele fatal” se quejó al acercarnos al mar de metano. La sumergimos en seguida en el muelle de la estación internacional, a lo que respondió sacando la cabeza con un “Brrrrr, qué fría”. Le dimos las órdenes para que ejecutara el programa de diagnóstico completo. Descendió hasta el fondo con dificultad a pesar de sus 150 kg de peso. “Está oscuro” Si hubiera tenido rasgos humanos, habría hecho un mohín.

Los parámetros estaban dentro de lo normal y dimos la prueba por finalizada. Abrimos la compuerta del canal para que volviera a su tanque en la estación. Funcionaba correctamente, el personal tendría que aprender a soportar a un robot quejica. Y nos dirigimos a la nave para continuar con las entregas.

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